martes, 11 de octubre de 2011

Lucecita

Érase una vez una chica que vivía feliz en el campo cual Laura Engels en el prado dando volteretas, con su madre y su perrito, que tenía un nombre tan hortera como "Manchas". El vecino era un señor llamado Gustavo, y un día, mientras ella se bañaba en el río, el tío borde va y le esconde la ropa, provocando que la chica le tirara piedras, muerta de vergüenza. 

El tal Gustavo estaba casado infelizmente con la malvada y perversa Angelina, que resulta que iba en silla de ruedas y estaba cuidada por su madre (la de ella), más perversa aún llamada Graciela, y que tenía una enfermera llamada Mirtha. Pero va y se muere la madre de la chica en cuestión, y se marcha a la ciudad pacomartinezsoriamente, en busca de la buena y simpática de Modesta, que resulta que venía siendo la cocinera de la casa del tal Gustavo, el que le escondía la ropa. El agredido por travieso. Modesta y la mala de Graciela eran muy amigas. Y va la mala de Graciela y le presenta a la chica a su hijo, Sergio, quien cae rendido a sus pies. Sergio venía a resultar ser el chófer de la casa de Gustavo.

Modesta, buena ella, habla con el padre de Angelina (la mujer de Gustavo, vuelvo a recordar) y le ofrece a la chica (la protagonista de esta historia, la que se bañaba en el río) trabajo como sirvienta. ¡Vaya familia! Familias como esa dejarían a España con pleno empleo. Y en poco tiempo va y se entera el padre de Angelina de que la chica resultaba ser... ¡chan, chan! su hija ilegítima. ¡Qué fuerte! Así que Graciela, que recordemos que era muy mala, ante ese deshonor, decide un plan para echarla de casa.

Pero aquí es donde viene lo que te llevas esperando desde el primer párrafo de la historia: la chica y Gustavo se enamoran. Angelina, la mujer, la que estaba en silla de ruedas, pues se entera de lo que ocurre y se llena de ira y celos. Normal. Pero claro, cuando se entera de que la chica es su medio-hermana, pues aún le jode más. 

Pero -y aquí es cuando se caga la perra- se descubre que Angelina nunca ha sido paralítica, que todo había sido un poco rollo Pinochet, y que todo fue siempre una excusa para dominar a Gustavo: el macho alfa de la historia. La única que sabe que Angelina no sólo no es paralítica, sino que corre los 100 metros lisos en la intimidad es la enfermera, Mirtha, que le guarda el secreto porque trabaja de enfermera, es decir, que se lo estaba llevando bastante calentito. 

Se pone malo el padre de Angelina (y por tanto también de la chica prota) y antes de que le diera el parraque final, hace un testamento donde le deja todo a "la otra", dejando a Angelina -la hija reconocida- con dos palmos de narices.

A todo esto, como se enteran madre e hija del testamento, se lo esconden a la chica para que no cobre lo que le pertenecía por herencia. Eran malas, malas. Así que la echan de la casa, pero... la chica estaba embarazadísima de Gustavo. Angelina logra convencer a Gustavo de que se pirasen del país, cuando, camino del aeropuerto, discuten y le echa en cara Gustavo a Angelina que hubiera estado media vida fingiendo ser paralítica. Que digo yo que no sería tan fácil fingir eso, pero en fin... Así que Gustavo se vuelve a buscar a la chica. Angelina muertísima de celos, se tira al volante del coche, matándose. 

Pero flipadlo, que esto es más fuerte que todo: resulta que Gustavo, el machomen, se queda amnésico. Y ya en otro país, Mirtha (recordemos, la enfermera encubridora) se hace pasar por su mujer, porque claro, siempre había estado enamorada en silencio del amigo Gustavo. 

Mientras, y atención que esto se lía que no veáis, la chica prota de la historia da a luz a una niña... Niña que roba Mirtha y le hace pensar a Gustavo que es hija de ambos. Tela con la Mirtha. 

Paréntesis: pasan 5 años y la chica, soltera, sin hija, que se la habían robado, y después de pasar todas las penurias imaginadas, se va de sirvienta a casa de unos millonarios. En esa casa vivía un chaval joven que era ciego y pintor, que por cierto, estaba bastante amargadísimo de la vida. Y conociendo a la dulce y tierna chica, él se convierte en un chaval majete. 

Total, que vuelven a su país de origen Mirtha, Gustavo macho-men (que seguía teniendo menos memoria que el cajero de un ayuntamiento) y la cría, robadísima. A lo que Modesta, recordemos, la buena de Modesta, le chiva a la chavala que han vuelto, y ella se presenta para trabajar en la casa de Gustavo, para poder estar cerca de su hija. Mirtha no podía evitar que pudiera trabajar en la casa. La chica logra vivir cerca de su hija, pero sin poder revelar que es su madre. Rollo Marta Torné en "El Internado". Cómo son las cosas, que Gustavo se vuelve a enamorar de la chica sin saber que en el pasado ya lo estuvo. 

Y claro, al final Gustavo recupera la memoria, Mirtha paga sus tropelías, la madre puede decirle a la niña que es su madre, y fueron felices y comieron perdices. ¡Fin! ¡Vaya culebrón!

Dirás: esto parece un culebrón venezolano... en efecto, lo es. El país de origen era Venezuela, y el país al que volaban, España. La obra fue escrita por Delia Fiallo. Y sí, es un culebrón de tele. Pero ¿qué ocurre? Que en los tiempos antiguos, antes del "boom" de las telenovelas (Cristal y todas esas, ya casi en los 90) este tipo de obras se adaptaban... para la radio. Y la chica protagonista, obviamente, es la famosa Lucecita. 

La versión radiofónica se hizo en la SER, por un tal Kiko Hernández (claro, nada que ver con el de GH3), la música la compuso Julio Mengod (turolense, padre de Verónica Mengod, la de "El Kiosko" de los 80), y estaba patrocinado por Magefesa, Fontaneda, Danone... Escuchad esta joya sacada del archivo sonoro de Juan Vives, que es este radiochip lucecito:


¿Mola, eh? ¡Señora, póngase a tricotar! ¡Cómprese la fotonovela! ¡Qué banda sonora! ¡Qué narración! Como comenté en una ocasión, fijaos si esta serie en la radio fue importante para algunas personas, que hasta la tía de una amiga mía se llama Lucecita, en honor a la serie. Casi nada la frikez.

Por cierto, el horario de emisión de la radionovela... pues imaginárosla. Después de comer. Hay cosas que pasan 35 años y siguen siendo exactamente igual. 

2 comentarios:

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  2. Tengo vagos recuerdos de niñez, de mi madre con sus gruesas gafas de pasta negra cosiendo a máquina frente a la ventana (sí, aquellos eran los tiempos del antes del usar y tirar, en que si se te rompía el pantalón o el jersey, te ponían rodilleras o coderas y mi madre, que era costurera, nos hacía ella misma la ropa), de largas tardes en casa haciendo los deberes, con meriendas de galletas María, con su onza de chocolate y un vaso de leche y esa voz de fondo gritando: ¡Lucecitaaaaa! en el transistor...

    Ayer descargué el archivo en mi mp3 y se lo he dado escuchar a mi madre, 77 años ya. Su rostro se ha iluminado con una amplia sonrisa y he visto como una lagrimita se deslizaba por su mejilla.

    Mil gracias, Pacman, por este regalo que nos has hecho.

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